Bien Alejandra, buena sumisa

Su rostro era la quintaesencia de todo cuanto asociamos a lo angelical. Podría haber sido una modelo de pasarela, una virgen pintada por Murillo o la relaciones públicas del mismísimo demonio. Podría haber hecho lo que quisiese con quien quisiese porque tal era su hermosura que las voluntades de hombres y mujeres quedaban anuladas al instante de verse reflejados en aquellos ojos azules. Alejandra era joven, hermosa y decidida. Lo cual acaba siendo la peor de las combinaciones posibles, la más letal para todo aquel que no fuese ella misma. Sus ojos eran de un azul cristalino, coronados por dos cejas con personalidad, nariz pequeña, rasgos perfectos y unos labios carnosos que ella manejaba como arma de destrucción masiva.

58ff2c9e-7fc6-42a1-8a9e-c3465bb15ca8-1

Y, no obstante, esta diosa está ahora a mis pies, literalmente, desnuda y con las manos atadas a la espalda. Mirándome en actitud sumisa, puedo advertir un leve temblor en su cuerpo, quizás sea miedo, excitación o que sus desnudas rodillas reposan sobre la superficie de la fría bañera. ¿Qué importa? Hemos decidido que ese es el escenario que ella soñaba. Yo soy amo y, por supuesto, ella va a conseguir llevar ese deseo hasta la más cruda realidad. Porque es mi esclava.

-Abre la boca, sumisa -ordeno.

Alejandra obedece, abriendo la boca, entonces introduzco mi pene entre sus labios, lentamente pero hasta el fondo, sin previo aviso. Ahí está la primera arcada. Veo el estómago de Alejandra convulsionándose y su garganta hinchada. Retiro mi pene y Alejandra tose, a continuación escupe contra el suelo de la bañera. Ha llegado el momento de que el ángel demuestre que, en realidad, es la peor de las diablesas. Me observa y vuelve a abrir la boca.

Bien Alejandra, buena sumisa.

Vuelvo a introducir mi pene pero esta vez no hasta el fondo. Voy a dejar que chupe un rato, a su ritmo. No lo hace mal, es más, diría que es una gran feladora porque tiene las manos atadas a la espalda y lo hace mas que bien. En un momento determinado saco mi pene de su boca y, tirando con fuerza de su pelo, le recuerdo que tiene una lengua y tiene que usarla. Vuelve a chupar, ahora jugando con la lengua.

Bien Alejandra, buena sumisa.

Entonces, sin aviso, cojo su cabeza y le clavo mi pene hasta el fondo de su garganta, ella tose y vuelve a tener una arcada pero, en esta ocasión, dejo mi pene en el límite unos segundos más. Alejandra se convulsiona pero no puede hacer nada, respirando con fuerza por su nariz para no ahogarse. Saco mi pene y Alejandra tiene una pequeña arcada, algo sale de su boca, babas y restos del desayuno, estrellándose contra el suelo de la bañera.p. Sus maravillosos ojos azules están ahora enrojecidos y sigue escupiendo y respirando con dificultad, como si un poder invisible la hubiese golpeado en el estómago. Entonces levanta la vista hasta míy vuelve a abrir la boca.

Bien Alejandra, buena sumisa.

Vuelvo a meter mi pene en su boca, esta vez cojo la parte superior de su cabeza con una mano y su garganta con la otra. Ha llegado el momento así que comienzo a follar su boca con fuerza, ella aguanta estoicamente. De vez en cuando saco mi pene para que pueda escupir o vomitar pero entonces vuelvo a follar no su boca, sino su garganta. Hasta el fondo. Alejandra está llorando pero aguanta, su barbilla, sus pechos, su estómago y sus muslos están llenos de babas y más restos del desayuno. Ese escenario no me impide seguir follando con fuerza su boca hasta que noto como el orgasmo está a punto de visitarme. Se lo digo mientras meto mi polla en su garganta todo lo que ambos somos capaces. Mi semen se desliza por la garganta de mi sumisa Alejandra. Saco mi polla y Alejandra comienza a toser, su rostro está lleno de lagrimas y babas. Entonces me mira y abre la boca para demostrar que se lo ha tragado. Después sonríe como el ángel que nunca ha dejado de ser.

Bien Alejandra, buena sumisa. La mejor sumisa, en realidad.

09657834-fb78-457a-967b-fe5c4c1a16ae-1

Anuncis

Las fotos (relato)

Era una mujer alta, más que cualquier otra, más alta incluso que la mayoría de los hombres. Su cuerpo era proporcionado, tirando a delgada y con un piercing coronando su hermoso estómago, apresando la parte superior del ombligo en forma de diamante. Su rostro era hermoso, con dos luminosos ojos azules, los labios pintados de rojo y el pelo rapado casi al cero, de un blanquecino rubio. Era una mujer de esas que obligaban a cualquiera a girar la cabeza para seguir mirándola unos segundos más. Ella era consciente, claro. La hermosura abunda en la vida en igual medida que la fealdad, aunque la autenticidad, en una sociedad como la nuestra, es una joya imposible de encontrar y la mujer alta, ajena a modas y añadidos, era auténtica por todos los costados.

La mujer, ahora desnuda, se tumbó en la cama. A su lado habían unas pinzas de ropa. También un teléfono móvil que tenía pensado utilizar a modo de cámara de fotos. La mujer cogió aire por la boca y colocó la primera pinza en uno de sus pezones, el dolor resultaba tolerable aunque también era consciente de que no podría aguantar por mucho tiempo. Una nueva pinza en el otro pezón. El dolor, a medida que se intensificaba, se convertía en placer también. Entonces colocó una de las pinzas en su sexo, perfectamente depilado. El dolor era ahora mayor a que el placer. Pero continuó, más pinzas mientras sus dedos entraban y salían de su vagina, de su ano. El dolor y el placer alcanzando el límite de lo insoportable.

Entonces cogió el teléfono móvil y, apuntando en dirección al espejo donde ahora se reflejaba, hizo todas las fotos que pudo, hasta alcanzar un poderoso orgasmo que arrancó el teléfono de sus dedos. Exhausta, cerró los ojos mientras quitaba las pinzas.

Entonces envió todas las fotos a su amo. “Buena sumisa”, contestaría él, como siempre. La mujer sonrió satisfecha.

Todo tal y como le había ordenado su amo.

Voyeur (relato breve)

4063833
“NYC 1982” del fotógrafo Miron Zownir

No nos conocemos. O, mejor debería haber dicho que nunca nos hemos visto en persona. Hemos hablado si, varias veces y, pese a algunas diferencias, hemos entendido que buscamos lo mismo. Llego a la puerta de tu piso, ya me estás esperando, nerviosa. Hemos dicho que nada diríamos así que me coges de la mano simplemente y con la guía de ese breve pedazo de piel húmeda y caliente, me conduces hasta una habitación, es tu dormitorio. Hay una silla frente a la cama, tal y como habíamos acordado también. La estancia está en penumbra, temblorosamente iluminada por media docena de velas, colocadas estratégicamente, supongo. Me quito el abrigo y tomo asiento. Tu te diriges a la cama, vestida con un bonito traje azul que imagino has escogido después de muchos otros. Te das la vuelta y comienzas a quitártelo. No digo nada, solo me esfuerzo para que, ni tan siquiera, adviertas esa ansiedad que hace que mis manos tiemblen involuntariamente. Estas completamente desnuda y comienzas a girar sobre ti misma, comenzando un extraño baile, acercándote y alejándote de mí, mostrándome cada rincón de tu cuerpo, cada pliegue de tu piel, cada olor. Solo eso porque no puedo tocarte, no quieres que te toque. Eso es lo que hemos acordado. Entonces te tumbas en la cama y abres las piernas, mostrándome tu sexo maravillosamente húmedo. Levantas un momento la cabeza y sonríes, luego vuelves a bajarla y comienzas a masturbarte. Yo te observo mientras mi pene lucha contra la tela que le impide salir de su prisión e ir a tu encuentro. No debo tocarme, solo mirarte. Observar como gimes y te revuelves, como tus dedos rodean tu sexo, frotan tu clítoris y finalmente se introducen en tu interior: uno, dos, tres. Quiero entrar en ese sexo, quiero sumergirme en ti, quiero lamer la sal de tu piel y perderme entre tus pechos. Pero no debo así que sigo observándote como luchas por conseguir tu orgasmo mientras yo hago lo mismo pero lo contrario. Tu te expandes, yo me contraigo. Al final, un enérgico grito invade toda la casa. Levantas la cabeza y me miras, estás sudorosa, sonriendo. Yo también sonrío, me levanto de mi silla y abandono tu casa. Ese era el acuerdo. ¿Volveré otro día? Quien sabe, aunque la posibilidad de que no se repita tampoco va a anular los sentimientos que se han apoderado de mi cuerpo y de mi mente. Camino lentamente hasta mi moto, aunque, en el último momento, me doy la vuelta y observo el edificio, intentado imaginar cual será la ventana de tu habitación, queriendo imaginar que eres tu quien me observa ahora.

La decisión (relato breve)

Captura

Estuvieron conversando cerca de treinta minutos. Ella preguntaba, quizá perdiendo la timidez a cada palabra, mordiéndose la lengua de pura vergüenza. Mientras tanto, él se esforzaba por contestar de la manera más decente y humilde. No porque creyese que ella no pudiese entenderle sino porque no quería llenar su cabeza de nociones ni percepciones. Mejor eso que estar una hora acercándose y alejándose de esa afirmación para acabar en la misma meta.

Hubo un momento en que ella parecía no tener más preguntas, ahora se limitaba a jugar con una copa de cerveza, que había rodeado con un trozo de servilleta de papel para saber que era la suya, mientras observaba al hombre, como intentando comprender si aquello estaba o no estaba bien. O, mejor dicho, si aquello era lo que realmente ella deseaba. ¿Quería someterse a los designios de aquel desconocido? ¿Aunque fuesen los suyos propios? Puede que sí, en realidad lo deseaba con todas sus fuerzas. Aunque, al instante siguiente, la malsana lógica la empujaba hasta ese fangoso terreno que es el miedo y las dudas.

Finalmente, el hombre le preguntó que quería hacer.

La mujer se encogió de hombros mientras daba un nuevo trago a su cerveza. Solo sabía que necesitaba descubrir ese lugar que la alejase de la cotidianidad. Siempre lo había deseado, en verdad. Deseaba experimentar dolor y que ese mismo dolor la transportase hasta el paraíso del más desconocido de los placeres. Deseaba ir, pero también deseaba marcharse.

El hombre volvió a preguntar.

Y, entonces, ella contestó.

La mujer del puente (relato breve)

8639188639_74c005cc44_b.jpg

Ella me espera en su casa, me ha dado la dirección minutos antes, la dirección exacta, me refiero. Supongo que temía hacerlo antes por si se arrepentía en el último momento. La entiendo mejor de lo que cree. La línea que separa la valentía de la locura es tan fina que traspasarla depende tan solo de un breve estado de ánimo. Subo las escaleras y llego al rellano, la puerta está entreabierta, con una débil luz que llega desde alguna parte. Una luz que parece moverse, unas velas quizás. Entro en la casa y percibo el olor: son velas, en efecto. Esa luz temblorosa ilumina las formas, moviendo las sombras como en una especie de inquietante espectáculo de baile. Una hilera de velas que, además, me guía hasta una habitación. Allí está ella, completamente desnuda y estirada encima de una cama. Me mira y sonríe, la miro y sonrío. Esa es la única voluntad que le he permitido a mi nueva sumisa: el que pueda verme antes de que le ponga una venda en los ojos. Camino lentamente hasta ella y la observo, ese cuerpo desnudo, ese rostro, esos ojos temblorosos. Es sencillamente perfecta. Saco una venda del bolsillo y le vendo los ojos, después la ato a la cama, con los brazos y las piernas separadas. Observo su sexo, su estómago, sus pies. Lo observo todo detenidamente. Todo eso me pertenece ahora y es tan hermoso… aunque no en el sentido habitual de la palabra. De acuerdo, es una mujer objetivamente hermosa, eso es indudable. Pero en realidad hablo de la mujer más hermosa del mundo porque es valiente, es inteligente y porque es mía. El cuerpo es tan solo una herramienta que hay que saber usar. No existe un piano hermoso sin un pianista virtuoso. Un lienzo, sin un buen artista es solo un trozo de tela en blanco, inexpresiva y silenciosa.

Dejo caer la punta de uno de mis dedos sobre su frente, después lo deslizo suavemente hasta la nariz, sus labios, su barbilla… mi dedo recorre con paciencia cada esquina de su cuerpo. Tan solo eso. Comenzando a dibujar el cuadro de la que será mi sumisa, con paciencia y admiración.

Y mientras eso sucede, ella continúa temblando de emoción.

El sexo en la cabeza y el cerebro entre las piernas

captura

La edad de Ana María era solo eso, una edad, incluso puede que fuese lo menos importante de ella. El lugar donde trabajaba tampoco importa, solo recuerdo que me dijo que tenía tres hijas y que los últimos meses habían sido los peores de su vida. El motivo por el que escupió esa frase sí que era importante. Lo más importante. Aunque hay ocasiones en que debes asumir las consecuencias, acompañar, cuidar, escuchar y asentir. Nunca hurgar, nunca preguntar, nunca adivinar, nunca interrogar. Nunca pregunto más allá de lo que creo que la gente quiere contarme porque el dolor de una herida es algo que solo siente el enfermo, por mucho que pretendamos estar a su lado, comprenderle e incluso mimetizarnos con su agonía. La mejor compresión es el amor incondicional.

¿Por qué escribo de Ana María? Porque Ana María escribe. Que simple es la vida ¿Verdad? Ana María no escribe sobre mí, pero sí que lo hace sobre ella. Incluso cuando no habla sobre ella misma es cuanto más cuenta sobre ella misma. Sus textos son la sublimación hecha mujer del escritor en cualquiera idealizaría en convertirse. ¿Por qué escribo ahora de Ana María? No escribo lo que sucedió ni lo que sucederá. Simplemente escribo lo que pudo suceder o podrá suceder y aunque sé que nunca sucederá, escribo igualmente. Porque gente como Ana María levantan el fuego de mi imaginación de escritor, mi hambre de hombre, mi lado más oscuro que, al tiempo, es el más brillante.

En ocasiones, Ana María me envía algún texto que escribe, da igual que haya pasado un año o una hora desde que leí su último texto porque siempre son tan enérgicos que, quien suscribe, no puede evitar que cierto escalofrio recorra su espalda. Mi espalda. La (imagino) maravillosa espalda de Ana María. Ella mueve las palabras hasta encajarlas y conseguir contar cuanto sucede, siempre con un narrador que está en su interior. El hígado, el corazón, los ovarios, el estómago… Y ella aun no lo sabe, porque Ana María cree que escribe con la cabeza, que debe escribir siempre con la cabeza. Y sucede que no entiende que ese es su mayor enemigo porque cuando Ana María permite que la auténtica Ana María salga desbocada cabalgado a toda velocidad, sin control, es cuando al lector se le eriza la piel. El lector: yo o cualquiera. Yo, especialmente.

Cada vez que leo algún texto que ha escrito Ana María no consigo evitar que el amo más poderoso e inflexible, surja de mi interior, rompiéndome desde dentro, rasgándome la piel y apareciendo de repente, dejando la piel de mi yo en el suelo, como una serpiente que muda la piel. Desconozco si Ana María es sumisa, si es ama, si lo es todo o si no es nada. Eso no debe importarme porque no estoy hablando de ella sino de mí. No estoy hablado de la causa sino del efecto. Me encantaría cogerla del pelo, arrancarle el vestido y hundir mis manos en toda ella. Sin pedir permiso, sin pedir perdón. Arriesgándome a todo por conseguirlo todo. Cada vez que la leo, la deseo.

Hay que escribir con los órganos sexuales y hay que tener sexo con el cerebro. Y, después de todos estos años, somos tan ingenuos que pensamos que sucede de forma contraria. Ana María, como yo, quizás como otros, tenemos el sexo en la cabeza y el cerebro entre las piernas. Y eso, es tan genuino como extraordinario.

Nuevo relato: “Nunca he visto antes a esa mujer”

“Nunca he visto antes a esa mujer, al menos nunca en persona. He visto fotos de ella, casi todas las que ella me envió, en las que estaba completamente desnuda. A pesar de eso, a pesar de que había hablado mucho con ella: nunca la había visto antes, y eso que la conocía desde hacía mucho, casi medio año. Ahora que todo es excitante, mi mente se niega a recordar mis desencuentros con ella. Tuve mucha paciencia, pero eso no tiene mérito porque cuando intuyes que algo te va a gustar, tu paciencia se multiplica. Y yo tengo una paciencia infinita…”

Continua aquí…