La música de YZ (relato)

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Barcelona: Gran Vía-Paseo de Gracia, años 50.

Escucho música, surge de todos lados: de la copa de los árboles, desde las alcantarillas o en las puertas entreabiertas de las furgonetas de reparto. Camino por la ciudad y esa música me empuja hacia lugares que no serían mi destino. Salgo a caminar, conozco el lugar a donde quiero dirigirme, pero esa música me distrae y acabo donde no debía. Esa música sale también de los ojos, el pelo o las manos de las personas con las que hablo.

El otro día, hablando con YZ me di cuenta de que había cierta música que salía del fondo de su desordenado pelo. Ese día no salí de casa simplemente a caminar, había salido para ir a comer con YZ. No tenía ninguna idea en mente, tan solo disfrutar de una buena conversación. Y sucedió eso, pero también sucedió que, al despedirnos, la música que salía de ella continuó acompañándome el resto del día y parte de la noche, hasta  caer dormido. Era una melodía extrañamente triste, algo así como un lamento compuesto desde la esperanza.

Al día siguiente volví a salir a la calle, sin rumbo ni música. Observaba esas copas de esos árboles, esas alcantarillas o esas puertas entreabiertas de esas furgonetas de reparto. Pero nada: que no había música, oye.

¿Te estás enterando de algo? Me preguntó el viento, aullando como una madre discutiendo con su hijo adolescente.

¿Dónde está la música? Me pregunté yo. No me refería a la música de la calle sino a la música que salía de los rizos de YZ. Esa melancólica melodía que invitaba a acompañarla.

Bajé la vista y observé que los dedos de mis manos repiqueteaban la melodía, intentando capturar la música que salía de YZ. ¿Por qué?

La próxima vez que la vea, puede que lo descubra. O no. ¿Tan importante es eso?

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El espejo del baño (micro relato)

La muchacha entró en el baño, no era el suyo, le costaba sentirse cómoda en baños ajenos, aunque estaba de viaje y no podía escoger. Se quitó toda la ropa menos un sujetador negro y unas braguitas blancas. La muchacha se observó reflejada en el espejo y fingió una sonrisa que casi consiguió reconfortarla. ¿Y si se hacía una foto? ¿Y si se la enviaba a él? La muchacha giró sobre sí misma, observándose desde todos los ángulos, olvidando por unos instantes que nadie está contento con su cuerpo, ni tan siquiera aquellos que tienen un cuerpo anatómicamente bello o perfecto. Olvidando que nadie está contento con su inteligencia, su trabajo o su vida. Siempre creemos que hay algo mejor que ansiar, sin darnos cuenta de cuanto somos o hacemos. La muchacha decidió que se haría la foto. Después se la envió a él, esperando su comentario.

¿Qué importaba lo que dijese quien recibió esa fotografía? No hay que ser perfectos para nadie, ni tan siquiera para uno mismo. ¿Qué importancia tiene la belleza cuando es algo subjetivo?

Y es que resultó que ella era bella porque era ella misma, sin filtros ni mentiras, reinando en el silencio de aquel baño, comprendiendo lo esencial.

Esa fue la respuesta de él.

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Los labios (microrelato)

Observo su rostro, sus perfectas facciones que conservan los rasgos de la niña que se resiste a dejar de ser. Es terriblemente hermosa, al menos así me lo parece, la observo y me pierdo en la inmensidad de esos dos magnos ojos que se clavan en mi alma, que observan el mundo con curiosidad, que se apoderan de mí con una certeza que me desconcierta. Su pelo está enmarañado, retorciéndose de forma imposible sobre sí mismo, construyendo un armazón que confiere a la sumisa esa personalidad que, aunque no necesita, la diferencia del resto del mundo. Adoro su peinado, nunca podría olvidarlo, nunca lo olvidé. En mi recuerdo siempre fue la muchacha del peinado imposible. Ella mira el frente y su nariz construye un delicioso mohín. Es consciente que tiene tanto de ángel como de diablo y es por eso por lo que actúa como un ángel, aunque se me presenta como el más tentador de los diablos por quién vendería mi alma una y otra vez. Deseo pedirla que se desnude completamente pero no puedo hacerlo, no debo. Ella mira directamente a cámara y sonríe, iluminando una parte de mi corazón que creía apagada, es entonces que lentamente saca un pintalabios rojo y procede a colorear sus labios en un acto que tiene tanto de provocación como de inocencia. Observo su encantador rostro, contemplo esa boca que afirma cuanto un amo espera oír de su sumisa, la misma boca que calla cuanto la sumisa sabe que debe callar. Esos labios finos, ahora pintados de un intenso color rojo, que todo amo desearía besar, morder, usar. Cuando acaba dice “esto es para ti, señor”, regalándome un dulce beso de buenas noches que recojo y guardo cómo se deben guardar los inesperados tesoros, con gozo y orgullo. Con infinita alegría.

Esto es para ti, mi dulce niña,

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La mujer en el espejo (relato)

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Desde mi despreciable y encumbrada posición, observo a la mujer tomándose una foto, desnuda y sentada, frente a un espejo. Decidme que hago. Que puedo o que debería hacer. Mientras trepo en la escalera de lo trivial, me detengo a observarla de nuevo. Ella no puede verme, puede que esté haciendo esa foto para enviármela después, cual travesura donde nada se ve, pero todo se intuye. La imaginación es nuestro mejor enemigo, el combustible más poderoso para continuar trepando los peldaños. Y es que ella conoce ese secreto a voces. Es la belleza que pretendemos todos porque son esos todos los que primero miran y solo es después cuando escuchan. Nuestros ademanes, nuestros pudores, nuestras fantasías, nuestros ojos observándolo absolutamente todo.

Continúo ascendiendo por la escalera hasta que recibo la foto en mi teléfono móvil, donde ella se muestra, sin darse cuenta de que, desde el primer momento, no he dejado de admirarla. Ojalá existiese una cámara que pudiese hacernos una foto por dentro. Creo que la inventaron ya, se llama “rayos X” aunque no muestra nada de lo que queremos ver, aunque enfoque la certeza de nuestro lastimado corazón.

Tenaz error de quien mira, pero no ve.

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La bravura III (relato breve)

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El toro entornó sus ojos, cegado por el sol, ahora, en el centro de aquella plaza, el calor quemaba su piel y provocaba una conocida cólera que nacía en sus patas y finalizaba en sus astas afiladas. La mujer torera, al otro lado de la arena, con el traje ceñido a su cuerpo, sonreía blandiendo su arma. Llevaban demasiado tiempo decidiendo quien ganaría a quien y ahora había llegado el momento.

El toro decidió que daría unas vueltas alrededor de aquella mujer aparentemente frágil, estudiándola, decidiendo como penetrarla con su asta para demostrarle que era él quien mandaba. Mientras lo hacía, la mujer giraba también sobre si misma, mostrándole su arma.

Y fue en ese mismo instante que el sol perdió toda su ira, oscureciéndose tras un cúmulo de nubes grises que cedieron paso a una fiera tormenta. El público abandonó rápidamente la plaza de toros mientras toro y torera continuaban girando el uno alrededor del otro, continuaban observándose, completamente mojados.

Y fue entonces que hallaron la respuesta:  eran iguales y precisamente por eso solo podía quedar uno. Pero también entendieron que como aquella lluvia había despojado a la corrida de toda emoción, también mojaba a ambos por igual. Dos animales heridos, intentando demostrar quién era más poderoso que quien.

Iguales.

De repente, la mujer arrojó su arma lo más lejos que pudo mientras el toro se acercaba lentamente hasta ella. La mujer le acarició el lomo y el animal salvaje hincó sus patas delante de ella, a modo de reverencia. Ambos sabían que, con un solo movimiento, el toro podía acabar con la vida de la mujer, ensartándola sin dificultad, pero no lo hizo. La mujer se abrazó al cuello del animal. Ahora eran dos amantes bajo la lluvia.

Y, de esta manera, finalizó una corrida para comenzar otra, de igual a igual, olvidando sus egos y sus iras, dejando a un lado sus prioridades y permitiendo que la lluvia les ayudase a deslizarse la una sobre el otro.

Y comieron perdices, claro.

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La bravura II (relato breve)

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La mujer da dos pasos, sosteniendo el arma frente a ella. El toro bravío se retrasa unos metros, observando desconfiado, resoplando como el animal salvaje que realmente se cree. El toro intuye el peligro, a pesar de que la mujer pesa diez veces menos que él y que lo que sostiene no es ni la mitad de una de sus afiladas astas. Pese a ello, el animal salvaje recula unos metros. No las tiene todas consigo. La mujer coge aire y observa al animal. ¿Debe enfrentarse a él? No debería por el más simple de los motivos: son iguales. Los dos intentarán dominar al contrario y uno de ellos morirá en el intento. No habrá momento para banderas blancas, tampoco pausas para refrescarse. En cuanto comience la guerra, ninguno parará hasta derrotar al otro.

La mujer observa la caja que hay a sus pies. Es la segunda mudanza en tres años y está cansada, un cansancio que va más allá de lo físico. Además, en la anterior mudanza no supo desprenderse de objetos ni emociones y ahora, abriendo de nuevo las cajas, las emociones vuelven a ella. Quizás no sea el momento de enfrentarse al toro bravío. No le quedan fuerzas. Quizás lo mas inteligente sea devolver el arma a la caja, junto a sus deseos y al resto, devolver después la caja al armario. Quizás pueda esperar unas semanas, recuperar las fuerzas, volver a enfundarse en ese traje torero que tan bien le sienta, recuperar de la caja el arma y el deseo, enfrentarse entonces al toro bravío.

Porque en ese momento, a ninguno de los dos le importará perder, convencidos del significado de ganar.

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La bravura (relato breve)

Captura

Era un toro bravo, eso creía ser, esperando pacientemente en el centro de la plaza, convencido de ser la mejor versión de lo que suponía por bravura, con la sangre latiéndole en el hocico y apretando con fuerza sus recias patas contra el suelo para coger impulso y conseguir derribar al torero. ¿Era una mujer el torero? Parece que sí, aunque lo que mejor recuerdo es el desmedido afán de ella por doblegarle y la obstinación de aquel animal (si, era un animal) por luchar contra su destino. Incluso los mejores toreros tienen un mal día, y él lo sabía.

Al abrir la siguiente caja, la torera, sentada en el suelo del comedor de su nueva casa, observó el artilugio que había allí escondido, respirando aliviada porque nadie le hubiese ayudado a abrir aquella caja. A pesar de su valentía, habría muerto de vergüenza. La mujer levantó el instrumento hacia el techo del comedor e imaginó a todo aquel público, puesto en pie, vitoreando y aplaudiendo lo que debía significar su última victoria. La mujer les saludó a todos ellos mientras el toro, en la plaza, continuaba con la vista fija en la puerta de toriles, esperando que apareciese su oponente, blandiendo aquella arma y dispuesto a enseñarle a ella el significado de la palabra bravura.

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