La mujer del puente (relato breve)

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Ella me espera en su casa, me ha dado la dirección minutos antes, la dirección exacta, me refiero. Supongo que temía hacerlo antes por si se arrepentía en el último momento. La entiendo mejor de lo que cree. La línea que separa la valentía de la locura es tan fina que traspasarla depende tan solo de un breve estado de ánimo. Subo las escaleras y llego al rellano, la puerta está entreabierta, con una débil luz que llega desde alguna parte. Una luz que parece moverse, unas velas quizás. Entro en la casa y percibo el olor: son velas, en efecto. Esa luz temblorosa ilumina las formas, moviendo las sombras como en una especie de inquietante espectáculo de baile. Una hilera de velas que, además, me guía hasta una habitación. Allí está ella, completamente desnuda y estirada encima de una cama. Me mira y sonríe, la miro y sonrío. Esa es la única voluntad que le he permitido a mi nueva sumisa: el que pueda verme antes de que le ponga una venda en los ojos. Camino lentamente hasta ella y la observo, ese cuerpo desnudo, ese rostro, esos ojos temblorosos. Es sencillamente perfecta. Saco una venda del bolsillo y le vendo los ojos, después la ato a la cama, con los brazos y las piernas separadas. Observo su sexo, su estómago, sus pies. Lo observo todo detenidamente. Todo eso me pertenece ahora y es tan hermoso… aunque no en el sentido habitual de la palabra. De acuerdo, es una mujer objetivamente hermosa, eso es indudable. Pero en realidad hablo de la mujer más hermosa del mundo porque es valiente, es inteligente y porque es mía. El cuerpo es tan solo una herramienta que hay que saber usar. No existe un piano hermoso sin un pianista virtuoso. Un lienzo, sin un buen artista es solo un trozo de tela en blanco, inexpresiva y silenciosa.

Dejo caer la punta de uno de mis dedos sobre su frente, después lo deslizo suavemente hasta la nariz, sus labios, su barbilla… mi dedo recorre con paciencia cada esquina de su cuerpo. Tan solo eso. Comenzando a dibujar el cuadro de la que será mi sumisa, con paciencia y admiración.

Y mientras eso sucede, ella continúa temblando de emoción.

El sexo en la cabeza y el cerebro entre las piernas

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La edad de Ana María era solo eso, una edad, incluso puede que fuese lo menos importante de ella. El lugar donde trabajaba tampoco importa, solo recuerdo que me dijo que tenía tres hijas y que los últimos meses habían sido los peores de su vida. El motivo por el que escupió esa frase sí que era importante. Lo más importante. Aunque hay ocasiones en que debes asumir las consecuencias, acompañar, cuidar, escuchar y asentir. Nunca hurgar, nunca preguntar, nunca adivinar, nunca interrogar. Nunca pregunto más allá de lo que creo que la gente quiere contarme porque el dolor de una herida es algo que solo siente el enfermo, por mucho que pretendamos estar a su lado, comprenderle e incluso mimetizarnos con su agonía. La mejor compresión es el amor incondicional.

¿Por qué escribo de Ana María? Porque Ana María escribe. Que simple es la vida ¿Verdad? Ana María no escribe sobre mí, pero sí que lo hace sobre ella. Incluso cuando no habla sobre ella misma es cuanto más cuenta sobre ella misma. Sus textos son la sublimación hecha mujer del escritor en cualquiera idealizaría en convertirse. ¿Por qué escribo ahora de Ana María? No escribo lo que sucedió ni lo que sucederá. Simplemente escribo lo que pudo suceder o podrá suceder y aunque sé que nunca sucederá, escribo igualmente. Porque gente como Ana María levantan el fuego de mi imaginación de escritor, mi hambre de hombre, mi lado más oscuro que, al tiempo, es el más brillante.

En ocasiones, Ana María me envía algún texto que escribe, da igual que haya pasado un año o una hora desde que leí su último texto porque siempre son tan enérgicos que, quien suscribe, no puede evitar que cierto escalofrio recorra su espalda. Mi espalda. La (imagino) maravillosa espalda de Ana María. Ella mueve las palabras hasta encajarlas y conseguir contar cuanto sucede, siempre con un narrador que está en su interior. El hígado, el corazón, los ovarios, el estómago… Y ella aun no lo sabe, porque Ana María cree que escribe con la cabeza, que debe escribir siempre con la cabeza. Y sucede que no entiende que ese es su mayor enemigo porque cuando Ana María permite que la auténtica Ana María salga desbocada cabalgado a toda velocidad, sin control, es cuando al lector se le eriza la piel. El lector: yo o cualquiera. Yo, especialmente.

Cada vez que leo algún texto que ha escrito Ana María no consigo evitar que el amo más poderoso e inflexible, surja de mi interior, rompiéndome desde dentro, rasgándome la piel y apareciendo de repente, dejando la piel de mi yo en el suelo, como una serpiente que muda la piel. Desconozco si Ana María es sumisa, si es ama, si lo es todo o si no es nada. Eso no debe importarme porque no estoy hablando de ella sino de mí. No estoy hablado de la causa sino del efecto. Me encantaría cogerla del pelo, arrancarle el vestido y hundir mis manos en toda ella. Sin pedir permiso, sin pedir perdón. Arriesgándome a todo por conseguirlo todo. Cada vez que la leo, la deseo.

Hay que escribir con los órganos sexuales y hay que tener sexo con el cerebro. Y, después de todos estos años, somos tan ingenuos que pensamos que sucede de forma contraria. Ana María, como yo, quizás como otros, tenemos el sexo en la cabeza y el cerebro entre las piernas. Y eso, es tan genuino como extraordinario.

Nuevo relato: “Nunca he visto antes a esa mujer”

“Nunca he visto antes a esa mujer, al menos nunca en persona. He visto fotos de ella, casi todas las que ella me envió, en las que estaba completamente desnuda. A pesar de eso, a pesar de que había hablado mucho con ella: nunca la había visto antes, y eso que la conocía desde hacía mucho, casi medio año. Ahora que todo es excitante, mi mente se niega a recordar mis desencuentros con ella. Tuve mucha paciencia, pero eso no tiene mérito porque cuando intuyes que algo te va a gustar, tu paciencia se multiplica. Y yo tengo una paciencia infinita…”

Continua aquí…

Aire

Gas Mask Kiss, London December 1940.jpgAgafes pel coll a la TEVA submisa, primer poses una mà en el seu clatell, agarrant amb força, acostes el teu rostre perquè senti el teu alè, només perquè ella està a punt de perdre el seu. Després col·loques l’altra mà, davant, ara les dues mans semblen ofegar-la. Estrenys amb força instal·lat en el profund convenciment que saps fins a on estrènyer, com i quant. Ella tanca els ulls en el convenciment que sap el que saps. La seva respiració s’accelera, excitada, al mateix temps, amb prou feines, aconsegueix un últim hàlit. Afluixes la pressió i el color torna a les galtes de la submisa al mateix temps que l’aire torna als seus pulmons. Ella somriu, el tu somrius. Tornes a estrènyer.

La boca de la TEVA submisa envolta el teu penis, ho fa bé però encara podria fer-ho millor, no t’importa, ja aprendrà. Li dius que aparti les mans i llavors agafes el seu cap i l’empenys fent que el teu penis fregui el començament de la seva gola. Les seves galtes s’inflen, tus i ploriqueja feblement, després alliberes la pressió i ella abandona el teu penis per agafar aire mentre una cascada de saliva degota dels seus llavis sobre el teu membre. Ella intenta somriure però no pot, tu somrius. Tornes a agafar-la del cap i a enfonsar el teu penis en la seva gola.


(Traducción al castellano) Coges del cuello a TU sumisa, primero pones una mano en su nuca, agarrando con fuerza, acercas tu rostro para que sienta tu aliento porque ella está a punto de perder el suyo. Después colocas la otra mano, por delante, ahora las dos manos parecen ahogarla. Aprietas con fuerza intalado en el profundo convencimiento que sabes hasta donde apretar, cómo y cuánto. Ella cierra los ojos en el convencimiento que sabe lo que sabes. Su respiración se acelera, excitada, al mismo tiempo apenas consigue un último hálito. Aflojas la presión y el color vuelve a las mejillas de la sumisa al tiempo que el aire vuelve a sus pulmones. Ella sonríe, tu sonríes. Vuelves a apretar.

La boca de TU sumisa rodea tu pene, lo hace bien pero aún podría hacerlo mejor, no te importa, ya aprenderá. Le dices que aparte las manos y entonces coges su cabeza y la empujas haciendo que tu pene roce el comienzo de su garganta. Sus carrillos se inflan, tose y gimotea débilmente, después liberas la presión y ella abandona tu pene para coger aire mientras una cascada de saliva gotea desde sus labios sobre tu pene. Ella intenta sonreír pero no puede, tu sonríes. Vuelves a cogerla de la cabeza y a hundir tu pene en su garganta.

Nou relat (Nuevo relato)

“La sumisa acaba de llegar a la puerta de la casa de su amo, ella aguarda fuera, moviendo un pie en círculo, observando la puerta entreabierta. Del interior le llega una tenue luz, olor a incienso y también un agradable calor. Un hogar, claro. El hogar de su amo. En realidad, nunca le ha visto, aunque tampoco le verá hoy…”

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La ballarina (Micro conte)

Vaig trobar-me la ballarina quan passejava per un estret carrer d’un barri tocant a la muntanya, just davant d’una acadèmia de ball a on, a l’altra banda dels vidres, es podien veure un grup de noies assajant flamenco. El motiu pel qual em vaig fixar en ella i on en les altres és un misteri. Potser la seva fragilitat, o els seus cabells llargs, potser perquè la resta de ballarines estaven concentrades, amb rostres concentrats fins al dolor i mirades perdudes mentre la meva ballarina ballava i somreia. Sí, he dit “meva”.

La vaig esperar a la sortida de l’acadèmia, que podia perdre? Li doblava l’edat, d’això estic segur, però li anava a proposar una cosa a on l’edat poc importa.

-Hola -vaig dir quan ella sortia.

Anava vestida amb un vestit llarg i un abric de llana negre. Era, potser, la dona més maca que jo havia vist en molts anys. Potser no ho era, però a mi m’ho semblava, el seu rostre angulós, el nas una mica més gran d’allò que es considera perfecció, uns ulls increïblement foscos i aquelles celles poblades.

Quan vols preguntar una cosa, la cosa millor és fer-la sense embuts, no per por a perdre el teu temps sinó per respecte al temps de l’altra persona.

-¿T’agradaria provar la submissió? -vaig preguntar quan feia cinc minuts que xerràvem.

-No sóc submisa, crec que ho tinc clar -es va defensar ella.

-Ningú és submís la primera vegada que decideix adoptar una posició submisa davant algú que es presenta amb actitud dominant -vaig argumentar jo-, això seria com prendre per primera vegada una copa de vi i defensar-te dient que no ets un borratxo.

Ella va mirar-me i va encongir les espatlles. Potser jo tenia raó però ella tenia raons més poderoses encara per no fer allò que jo li proposava fer. Eren les seves raons i precisament per aquest motiu no importava que fossin bones raons, perquè eren seves.

Fins que un decideix ser submís, la seva decisió encara li pertany. Com fer que aquella meravellosa ballarina fos meva? La solució estava davant els meus ulls i jo era incapaç de veure-la, estabornit encara per la bellesa de la noia.

-Ets ballarina -vaig dir.

-És clar.

-I quan vas començar eres ballarina?

-Suposo que no… -va dir ella baixant la mirada a terra.

-Saps que necessita una ballarina? Voluntat de ferro, tècnica i sofrir per assolir la perfecció. I quan ho aconsegueix és el moment més bonic del món. D’un món que encara no has assolit.

-Igual que una submisa, és allò que anaves a dir… no?

-Igual, si -vaig somriure jo.

Allò que va succeir després, us ho podeu imaginar.

O no.

Poesia BDSM (3)

La piel de la sumisa

Tu piel, torpe y gustosa,

de mi lengua, en la humedad

se resbala salada y rasposa.

 

Es esta sangrante decadencia

amparando vivas las preguntas,

no seré yo espejo de la decencia.

 

La emoción que todos rebuscan,

cuerpo escrito con impaciencia,

y esos ojos tan nuevos, me asustan.
Si me dejas, sin prisa,

y aunque no me dejes,

un solo dedo deslizaré por tu piel sumisa.

 

Amo Barcelona, Noviembre 2016