Escribir, amar, dominar… (Escriure, estimar, dominar…)

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Hace mucho que no escribo en este blog. Cuando abandonamos algo puede ser a causa de un buen motivo o de uno no tan bueno. He abandonado algo este blog por un buen motivo, sin lugar a duda. Y ahora he vuelto para escribir algo. Una pequeña reflexión sin mayor ánimo que llenar los huecos que provocan el silencio.

Uno de los motivos (aunque no el principal) por el que tengo bastante descuidado el blog es porque he estado revisando una (nueva) novela que publicaré con el seudónimo de John Deybe en breve (igual que mi anterior novela “Perversos relatos”). En esta ocasión, la nueva novela, aunque con trazas de BDSM (como si de frutos secos se tratase), trata sobre amor y sexo. O mejor dicho: sobre confundir amor y sexo, sobre utopías y sobre la imaginación.

En cuanto esté publicada, lo anunciaré aquí mismo. Espero que os guste. A pesar de ser una novela que hable mas de amor y sexo que de BDSM. También espero que durante estos meses, el ser dominados o dominar haya sido algo excitante para vosotros. Y si aún no lo habéis probado, armaos de valor y hacedlo.


Fa molt que no escric en aquest bloc. Quan abandonem quelcom pot ser a causa d’un bon motiu o d’un no tan bo. He abandonat una mica aquest blog per un bon motiu, sense cap dubte. I ara he tornat per escriure alguna cosa. Una petita reflexió sense major ànim d’omplir els buits que provoquen el silenci.

Un dels motius (tot i que no el principal) pel que tinc bastant descuidat el bloc és perquè he estat revisant una (nova) novel·la que publicaré aviat amb el pseudònim de John Deybe (igual que la meva anterior novel·la “Perversos relatos“). En aquesta ocasió, la nova novel·la, tot i que amb traces de BDSM (com si es tractés de fruits secs), tracta sobre amor i sexe. O millor dit: sobre confondre amor i sexe, sobre utopies i sobre la imaginació.

Quan estigui publicada, l’anunciaré aquí mateix. Espero que us agradi. Tot i ser una novel·la que parli més d’amor i sexe que de BDSM. També espero que durant aquests mesos, ésser dominats o dominar hagi estat una mica excitant per vosaltres. I si encara no ho heu provat, armeu-vos de valor i feu-ho.

firma john deybe

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Cenando (relato)

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Sus rubios cabellos, enroscados en un rizo casi imposible, caen sobre sus hombros. Lleva un hermoso un vestido negro, ceñido y por debajo de la rodilla, de manga y cuello altos. Medias negras. Botas negras. La buscada oscuridad, sumada a la noche, contrasta con su piel blanquecina, con su pelo rubio y sus ojos brillantes. Vuelvo a observarla, sentados en la terraza de un restaurante.

Ha caído la noche y un gato, escondido en la oscuridad del jardín,  maúlla suplicando para que algún bondadoso comensal se apiade de él y le lance un poco de comida. Nadie lo hace porque nadie consigue ver al animal.

Lo que sí pueden ver es la hermosa mujer rubia que está sentada frente a mí. Compartimos una botella de vino, dándonos a probar los platos que hemos pedido. Comiendo, bebiendo, no puedo despegar mi vista de ese ángel recién caído del cielo que, poco antes, habían sido el diablo más perverso y sumiso del mundo. La perversión no es un defecto. O no lo es en el mundo que nos ha tocado compartir. Nunca he visto un ángel tan dispuesto a todo, tan servil, que disfrutase tanto con todo. Es como una de esas esponjas casi resecas que caen a un cubo de agua y comienzan a hincharse, absorbiéndolo todo, vaciando el agua del cubo. Observo su rostro y me sorprendo de que ese ángel, de que ese diablo me pertenezca. Porque resulta que es mía. Su cuerpo, su voluntad también. Aunque en ese momento, en el restaurante, no es mi sumisa sino una mujer a la que me apetece escuchar, me apetece ver sonreír, comer y tocarse el pelo. Somos dos seres que se miran cada mañana en el espejo para adquirir conciencia de que continuamos ahí. Dos personas que encendemos el televisor para encontrar una voz que nos acompañe. Somos dos solitarios destinados a encontrarse porque no sabemos mentir cuando aseguramos que hemos aprendido a estar solos.

Observo a mi alrededor, en las otras mesas hay parejas, también un grupo de cuatro mujeres que parecen profesoras porque hablan de sus alumnos. No somos demasiado en el restaurante, estamos todos en la terraza, junto al jardín, al abrigo de unas estufas que un amable camarero ha colocado en hilera junto a nosotros. Una especie de fuego que nunca acaba de arrancar, centellea a nuestro lado. Observo a mi sumisa y comprendo que todos somos muchas cosas y que ninguna de ellas se ven a simple vista. Si consigues escarbar en la tierra húmeda con tus dedos y beber del manantial que estaba escondido, entonces eres la persona más afortunada del mundo. Aunque no tengas sed.

Aún no he escarbado toda la tierra, no tengo prisa. Observo a mi sumisa, sonreír de forma tímida, y creo que es la mujer más hermosa que he visto antes. Y, además, es mía.

firma john deybe

Relato: “Puta y sumisa, sumisa y puta”

La ordené que me esperaré cerca de su casa, en una zona sin casas a las afueras del pueblo, un desangelado lugar sembrado de pinos y contenedores de basura. No era el escenario ideal pero era el mejor que pude imaginar para el propósito de cuanto íbamos a hacer. Esa orden escondía otra: debía ir vestida lo mas extremada posible, entendiendo “extremada” como” breve”. Soy consciente de que este tópico de que una mujer es mas deseable cuanto mas desnuda esté, funciona en los relatos y en el imaginario masculino más antiguo y retrógrado. No lo hice por eso: simplemente quería que estuviese incómoda. A medianoche y exhibida a las afueras de su propio pueblo. Ese tipo de incomodidad que se que excita a mi sumisa en la misma medida que rechaza. Me gusta colocar un diablo en uno de sus hombros y un ángel en el otro para que se de cuenta de que ambos (y ninguno de los dos) tienen razón. Pero resulta que mi sumisa es mas valiente de lo que ella misma imagina. Cuando llegué con el coche distinguí prontamente su figura. Ahí estaba, con una falda corta, medias negras, tacones y una especie de jersey con un gran escote. La melena rubia y rizada caía sobre sus hombros e, incluso en la noche, pude adivinar el reflejo de esos ojos donde me enamora verme reflejado. Al ver acercarse un coche, mi sumisa dio dos pasos hacia atrás, escapando a la luz de la farola, escondiéndose en las sombras como si eso pudiese protegerla. Llegue a su altura y bajé la ventanilla de mi coche. Ella se acercó y su semblante pareció relajarse al verme.

-Buenas noches -dije.

-Hola -contestó ella.

La orden había sido clara: debía esperarme en un lugar donde podría esperar una prostituta a sus clientes, vestida de prostituta y actuar conmigo como tal, haciendo ver que era un cliente que veía por primera vez en su vida.

Al agacharse y apoyarse en mi ventanilla pude ver, a través de su escote, que no llevaba ropa interior. Buena puta, mejor sumisa. Porque eso es lo que quería que fuese esa noche: una puta. El idioma castellano nos permite decirlo de mil formas: prostituta, ramera, cortesana, meretriz, buscona, fulana, furcia, pupila, buscona, pelandusca, zorra y mil más a cual mas desafortunada.

Escogí la palabra que a ella menos le gustaría: puta. También podría haber escogido “zorra”, se que eso le hubiese dolido. Pero si utilizaba “puta” ella no podría protestar porque es en lo que se acababa de convertir.

-¿Cuanto? -pregunté.

-Veinte euros una mamada, treinta por follar -contestó ella.

Había hecho los deberes, que buena sumisa.

-Una mamada -dije yo- pero sin goma. Y quiero correrme en tu boca.

-Eso te costará diez euros mas.

Desde luego había estado estudiando para sacar nota. Estaba metida en su papel. Aun temblando de frio, pero en su papel. La primera vez que le hablé del emputecimiento, ella negó con la cabeza al entender que quería que tuviese sexo con otro hombre por dinero. La saqué de su error, el emputecimiento también puede ser una forma de fantasía donde solo caben el amo y su sumisa. Una fantasía donde fingen no conocerse y actúan como cliente y meretriz. Ella sonrió al comprender lo que yo quería y asintió.

De eso hacía una semana.

-De acuerdo, sube -dije.

Preferí no alargar la conversación. Allí en las afueras del pueblo, era improbable que nadie pudiese vernos. Pero tampoco debía jugar con esa posibilidad porque era lo que mas le incomodaba a ella y, de momento, lo estaba haciendo bien.

Subió en el coche y le pregunté donde ir. Ella me indicó un descampado a poco menos de dos kilómetros, junto a la autopista. Durante el trayecto no dijimos nada. Como dos desconocidos a los que solo une una transacción mercantil. Por la forma de retorcer su bolso, supe que estaba mas nerviosa que en otras ocasiones. Éramos amo y sumisa desde hace un tiempo, habíamos hecho cientos de cosas en decenas de sesiones, pero ahora, ella mostraba la cara mas deliciosa de la timidez, de la duda, del desconocimiento. O eso o estaba metida en su papel de forma tan perfecta que merecía ganar un Oscar de Hollywood.

Llegamos al descampado, aparqué y comencé a bajarme los pantalones.

-Los treinta euros antes que nada -dijo ella.

Oscar de Hollywood, sin lugar a dudas.

Saqué un billete de treinta y se lo tendí. Después le enseñe otro de diez.

-Diez euros mas si te lo tragas.

Ella fingió expresión de fastidio pero me arrancó el billete de las manos. Se había tragado mi semen muchas veces antes, pero ahora, en aquel momento, mi sumisa había comprendido lo que significaba sumergirse por completo en un rol. Y lo estaba haciendo de maravilla. No era solo un chapuzón sino que se había lanzado al agua y estaba buceando hacia las profundidades. Incluso cuando comenzó a chuparme la polla, lo hacia de manera diferente a lo habitual. En nuestras sesiones le había enseñado como hacerlo. O mejor dicho, como me gusta a mi que me lo hagan. MI sumisa había aprendido poco a poco y, con el tiempo, se había convertido en la perfección succionadora. Aunque ahora, metida en su papel de prostituta, mostraba cierta mecánica que era diferente a cuanto habíamos experimentado antes. ¿Y si el hecho de pagarle porque me chupase la polla la había enfadado? Apreté su cabeza con fuerza para hundir mi pene en su garganta, ella tosió y se liberó de mi mano. Después dejó de chupármela y me lanzó una mirada cargada de odio.

-No vuelvas a hacerlo, pagar no te da derecho a eso.

Muchas veces antes, durante las sesiones, la había ahogado con mi pene hasta hacerla llorar, toser e incluso vomitar. Y siempre había obedecido sin rechistar. Pero ahora rechazaba eso, completamente fagocitada por su papel.

Continuó chupando hasta que no pude retrasarlo mas y exploté en su boca. Ella continuó chupando unos segundos mas (ese minuto de oro que todo hombre sueña), limpiando los restos con su lengua. Después me miró, abrió su boca y me enseñó que se lo había tragado todo.

Volví a dejarla en las afueras del pueblo, sin cruzar palabra, solo un adiós, tan frio como la noche misma, para la mejor de las sumisas.

firma john deybe

“Historia de O”

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¿Es “Historia de O” una buena novela? La respuesta es difícil, en cuanto a calidad en el arte, la subjetividad o el gusto tiene demasiado que ver a la hora de definir lo que es bueno o lo que es peor. En realidad valoro “Historia de O” más por lo que cuenta que por como lo cuenta aunque eso lo explicaré más adelante. Ahora vayamos curioso germen de la novela porque lo que muchos no saben es que “Historia de O” nunca se escribió para ser publicada. En realidad su autora no se llamaba Pauline Reage sino Anne Desclos, una escritora “no profesional” quien a los 86 años reveló al mundo que había escrito esa novela para impresionar a su amante y que nunca pensaba que se publicaría. Quizás de ahí mis reservas sobre la novela que, en algunos momentos, parece algo atropellada, pretendiendo ser más la narración de la curiosidad de alguien que la narración de una historia. O por decirlo de otra manera, esa intención de la escritora de escribir ese texto para impresionar a su amante pesa demasiado en la construcción. O yo lo noto. Pero eso no es un defecto: me rompería ambas piernas por publicar una novela como esta. Soy crítico pero también escritor y admiro el talento innato y el éxito. Y en “Historia de O” hay mucho talento innato. Respecto al éxito, en el momento de su publicación, “Historia de O” se convirtió en la novela francesa (traducida) más vendida en el mundo, desbancando a “El pequeño príncipe” (o “El principito”) de Saint-Exupéry. Eso es éxito ¿no?

Hay otra pregunta que me resulta más interesante que la calidad sobre la novela. ¿Es “Historia de O” una novela sobre BDSM? Ese es un melón que (a diferencia de discusiones sobre la calidad) sí que me apetece abrir. Antes que nada, ya que he hablado del libro, hablaré también de la adaptación cinematográfica que el erotómano Just Jaeckin estrenó en 1975: es curiosa pero también es ñoña, cursi y casi infantil. Personalmente solo me interesa porque aparece el imprescindible Udo Kier (en el papel de Rene). Incluso el comic de otro erotómano como era Guido Crepax le da mil vueltas a la película de Jaeckin. Aunque eso era fácil ¿no?

 

Y ahora que me he despachado a gusto con la película, vayamos a por el meollo de la novela. Personalmente me cuesta entender “Historia de O” como una novela sobre BDSM de la misma manera que me cuesta entender que sean BDSM la saga de las sombras de Grey o los manuscritos del Marqués de Sade.

Intentaré explicarme: no creo que todas estas sean novelas sobre BDSM porque no creo que se haya escrito aun la novela sobre BDSM. En realidad son novelas que hablan sobre el descubrimiento, ya sea del mundo BDSM o el del patinaje artístico pero la mayoría lo hacen con el foco desviado pues  se preocupan más por ser un catalogo de prácticas del BDSM que de desarrollar internamente de los personajes. Incluso el Marques de Sade con todas sus filias y fobias, escribía sobre los mecanismos, no sobre las emociones.

En “Historia de O” es de las pocas novelas que “bordea” (no “aborda”) el BDSM preocupándose de los personajes más que de convertir la novela en ese catálogo. No lo consigue pero casi. Quizás por su propia naturaleza de no estar destinada a ser una novela con lo que no necesita explicarle al mundo entero lo que es el BDSM sino que la autora intentaba explicarle a su amante lo que podía llegar a desear o querer alguien como ella. Es una novela escrita de tú a tú que bebe directamente de la fantasía de una mujer. Y no hay nada más poderoso que escribir desde la verdad, aunque sean fantasías. Los lectores que no saben lo que es el BDSM se sienten identificados con lo que se cuenta en la novela: porque parece real y lo es, a su manera. En su esencia, es una oda a la imaginación que empuja al lector a ir un poco más allá de si mismo, explicando prácticas propias del BDSM con pasmosa naturalidad, huyendo de dramatismos y miedo. Quizás por todo eso, conecta con muchos lectores de cualquier edad, porque es la fantasía de alguien que conecta con nuestras propias fantasías, sobre todo en la fantasía de entregarte por completo a otra persona. Al final es de esas novelas que parecen escritas específicamente para nosotros y para nadie más.

Quizás no sea una gran novela si obviamos la mitología que la presentó como la novela definitiva sobre BDSM. Si le quitamos ese peso que no le corresponde, estamos ante una buena novela, escrita con honestidad y que consigue el milagro de conectar con el lector. Y eso, es magia pura.

firma john deybe

Perrita (relato)

Cuero-Collar-Y-la-Correa-Del-Sexo-Bdsm-Bondage-Erotic-Cuello-Postura-Sexo-Juega-Para-las.jpg_640x640.jpgNo nos imagino enfrentados, aunque ahora estamos frente a frente, en pie ambos. Ella observa todo con esos ojos grandes y tímidos que tanto me atraen (también me inquietan). Está esforzándose por sonreír pero alguna parte descontrolada de su sistema nervioso ha secuestrado su sonrisa, transformándola en una especie de mueca. Frunciendo el ceño, baja la vista hasta el suelo. Yo también sonrío.

Sonrisas diferentes desde el escondite común, significado como deseo.

-De rodillas -ordeno.

Se arrodilla, obediente. Acabamos de llegar de la calle, se ha quitado el abrigo que ha colgado en la entrada. Va vestida como le ordené esta misma mañana: una camisa y una falda, también medias negras. Arrodillada me parece la más hermosa. Levanta la vista y cruzamos miradas, hay un poso de miedo en sus ojos. No me teme a mi sino a si misma. Pronto desaparecerá todo eso, seremos uno solo.

-No me mires -ordeno armado de una inquebrantable firmeza.

Ella baja la cabeza. Entonces, con cuidado, coloco una pequeña correa roja alrededor de su cuello.

-¿Quién eres? -pregunto al acabar.

-Tu perrita, señor -contesta con la vista clavada en el suelo.

Tiro suavemente de la correa y la conduzco hasta el comedor, moviéndose a cuatro patas tras de mí, su amo, moviéndose como la dócil perra en la que desea convertirse. Su auténtico ser, aquello que, alejado de toda doble intención, la hace sentirse feliz, útil. Ser ella sin pensar en nada más. Ya era una perrita, aunque no tuviese amo. Necesita serlo porque necesitaba que alguien la entienda.

Y ahora, es mía. Es mi propiedad.

En el comedor, la ordeno que se vuelva a poner de pie. Obedece, sigue sin mirarme a los ojos. Coloco una venda sobre sus hermosos ojos y tomo asiento en el sofá, sin decir más. Ella continua de pie, frente a mí, inmóvil. La observo. La belleza es un concepto subjetivo aunque a mí me parece la mujer más hermosa que he visto nunca antes, así, frente a mí. Vuelvo a levantarme y me acerco a ella, la beso en los labios, un beso delicado, cogiendo su cara entre mis manos. Ella comienza a temblar, involuntariamente. Está en el lugar que desea,  haciendo lo que desea con quien desea. Precisamente es por eso que no puede dejar de temblar. Nervios, emoción, miedo, excitación, todo agitado en un cóctel que la electrifica desde la punta de los pies hasta ese pelo desordenado que siempre luce, que tanto y tanto me gusta.

Comienzo a desabrochar su camisa, lentamente, separo la tela y observo, después le quito la camisa y también el sujetador. Está desnuda de cintura para arriba, comienzo a pasar mi dedo índice por sus hombros, su estómago, sus brazos, sus pechos, cojo sus pezones entre mis dedos. Vuelvo a besarla. ¿Hasta cuando puedo esperar sin entrar en ella?

Si pudiese entrar en su mente, descubriría que ella está pensando lo mismo. ¿Cuanto debo esperar para sentirlo dentro de mí?

-¿Quién eres? -pregunto de nuevo, apretando ligeramente.

-Tu perrita, señor -vuelve a contestar ella con diligencia.

Meto una de mis manos por debajo de su falda, le ordené que llevase unas medias de medio muslo, subo hasta llegar a su sexo, lo noto caliente y húmedo a través de la ropa interior que ahora aparto con un dedo con el que comienzo a masturbarla. Ella se dobla y gime. Me detengo.

-¿A que has venido? -pregunto mientras le quito la falda y las braguitas.

-A servir a mi señor, a darle placer, a sentirme tuya.

Ahora esta de pie, completamente desnuda a excepción de las medias. Esplendida y de mi propiedad. Puedo hacer lo que quiera con ella. Y por supuesto que voy a hacerlo.

Sucederá porque ambos lo deseamos.

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Relato incluido en la recopilación “Perversos Relatos”, a la venta en AMAZON

Puro deseo (relato)

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La observo, sentada ahí en un bonito sofá de cuero, frente a una bonita mesa, conmigo al otro lado. Estamos en el bar de un lujoso hotel. Me parece que, si hay algo realmente dotado de hermosura en aquel lugar, eso es ella, con una mirada que compone desde la vergüenza y el descaro, a partes iguales, el éxito del mejor alquimista. Toda ella es una contradicción entre lo que se ve y lo que oculta. Hay que ser un gran explorador para alcanzar esa otra parte que nadie ve, que ella solo quiere mostrar a quien debe, cuando quiera. Hace semanas que me puse el traje de explorador, en ello estoy, el tesoro que esconde vale la pena. Y aunque no lo encuentre, el proceso resulta enriquecedor.

Está comiendo un sándwich de jamón y queso, acompañado de un café con leche. Yo he pedido una cerveza porque me parece pronto para comer y tarde para desayunar. O, dicho de otra manera: ya he desayunado y aún no tengo hambre. Y, a pesar de eso, me la comía entera a ella, desde los dedos de las manos a esos rizos desordenados. La devoraría con el ansia del depredador hambriento. La observo y sonrío, sin poder olvidar que estamos en un hotel lleno de habitaciones vacías.

Hablamos de todo un poco, conversar con ella resulta reconfortante, no acierto a comprender el motivo, tampoco quiero saberlo, me reconforta su compañía, incluso sus silencios, en especial cuando clava esos ojos en mí. Con ella me siento más amo que nunca, pero también me siento amigo, amante, compañero… su humilde servidor. Saca lo mejor de mí, también saca otra parte que algunos diría que es peor, pero que ella también quiere conocer. Sabe que soy amo, quizás por eso estamos sentados charlando, aunque no solo por eso.

Salimos del hotel, ella tiene que volver al trabajo, cruzamos la calle por donde no debemos y me cuelgo de su brazo, buscando la seguridad que yo debería darle. Sentados en el hotel, ella se ha levantado para ir al baño. Al ir, también al volver, ha colocado su mano en mi hombro, una suave caricia que me ha transmitido lo mismo que cuando ahora cruzo la calle de su brazo: deseo abrazarla, deseo dominarla, deseo entrar en ella, deseo besarla, deseo escucharla, deseo verme reflejado en esos ojos grandes, a todas horas, deseo morderla, deseo cocinar para ella, deseo acariciarla, deseo usarla, deseo hacer de su vida algo mejor y que ella haga de mi vida algo mejor. Siempre debería ser así ¿no? Deseo. Puro deseo. Y a pesar de eso, no tengo la menor de las prisas porque, armado de mis pertrechos de explorador, sé que estoy en el camino correcto y que, tarde o temprano, llegaré.

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La música de YZ (relato)

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Barcelona: Gran Vía-Paseo de Gracia, años 50.

Escucho música, surge de todos lados: de la copa de los árboles, desde las alcantarillas o en las puertas entreabiertas de las furgonetas de reparto. Camino por la ciudad y esa música me empuja hacia lugares que no serían mi destino. Salgo a caminar, conozco el lugar a donde quiero dirigirme, pero esa música me distrae y acabo donde no debía. Esa música sale también de los ojos, el pelo o las manos de las personas con las que hablo.

El otro día, hablando con YZ me di cuenta de que había cierta música que salía del fondo de su desordenado pelo. Ese día no salí de casa simplemente a caminar, había salido para ir a comer con YZ. No tenía ninguna idea en mente, tan solo disfrutar de una buena conversación. Y sucedió eso, pero también sucedió que, al despedirnos, la música que salía de ella continuó acompañándome el resto del día y parte de la noche, hasta  caer dormido. Era una melodía extrañamente triste, algo así como un lamento compuesto desde la esperanza.

Al día siguiente volví a salir a la calle, sin rumbo ni música. Observaba esas copas de esos árboles, esas alcantarillas o esas puertas entreabiertas de esas furgonetas de reparto. Pero nada: que no había música, oye.

¿Te estás enterando de algo? Me preguntó el viento, aullando como una madre discutiendo con su hijo adolescente.

¿Dónde está la música? Me pregunté yo. No me refería a la música de la calle sino a la música que salía de los rizos de YZ. Esa melancólica melodía que invitaba a acompañarla.

Bajé la vista y observé que los dedos de mis manos repiqueteaban la melodía, intentando capturar la música que salía de YZ. ¿Por qué?

La próxima vez que la vea, puede que lo descubra. O no. ¿Tan importante es eso?

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