Relato: Frente al ordenador y al mundo

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La mujer toma asiento frente al ordenador, asegurándose de que nadie la observa. Los únicos que podrían hacerlo son sus hijos que ahora duermen en la litera del dormitorio o su marido que se ha quedado también dormido en el sofá, frente al televisor, generando ese sonido entre ronquido y ahogo que a ella tanto le disgusta. La mujer ha abandonado el sofá con sigilo para ir hasta el pequeño despacho que hace las veces de trastero y las veces de salón de juegos, para encender el ordenador bucear, una noche más, en las páginas en las que ha estado sumergiéndose los últimos once días, aun a riesgo de morir ahogada. No es capaz de recordar como empezó todo, quizás fuese por haber visto recientemente una película donde un hombre parecía encontrar placer mientras le ahogaban haciendo el amor. Quizás viniese de mucho antes, cuando su primer novio le tiraba del pelo y la insultaba. Aunque rechaza esas cosas, la excitan sobremanera, consciente de que la razón y el deseo están luchando en su interior desde hace años. ¿Quién ganará? Por el motivo que sea, la bestia ha salido a la superficie y está hambrienta, lanzando dentelladas sin control en todas direcciones.

La mujer comienza, una noche más, a navegar por todas esas páginas donde se cuenta sobre dominantes y dominados. Una noche más, toda esa parafernalia y liturgia, le parecen ridículos. ¿Acaso necesitan todo eso para obtener placer? Que puede saber ella, piensa encogiéndose de hombros. La mayoría de las páginas le parecen siniestras, en vez de ayudarla a comprender, la alejan de cuanto desea. ¿Por qué se dirigen los unos a los otros como si estuviesen en la edad media? ¿A que vienen todas esas normas que continúa aún después de las sesiones? La sola palabra “sesión” ya le asusta, como si fuese a enfrentarse a un examen de fin de carrera, ¿Será ese el problema? A pesar de saberse sumisa desde hace mucho, lo esconde porque lo asume como una anormalidad de su comportamiento. Igual de extraño que toda esa gente hablando y comportándose de esa forma

Ella es una mujer felizmente casada (aunque no feliz), con dos adorables hijos (no tan adorables), un buen trabajo (aburriéndose en una oficina) y con la vida solucionada (y dos hipotecas). La mujer agita la cabeza para eliminar ese pensamiento, si ha decidido convertirse finalmente en sumisa no será porque está aburrida de la vida que lleva sino porque siempre ha querido probarlo. ¿Quiere ser realmente una sumisa? Es la primera vez que lo verbaliza dentro de su cabeza. ¿Una sumisa nace o se hace? Siempre sintió que había algo dentro de ella, aunque ahora, mirando esas páginas, se da cuenta de que no va a ser capaz. La mujer solo quiere que le vuelvan a estirar del pelo mientras la follan con fuerza. Nada de hacer el amor: follar. Quizás que la insulten, o la aten. Solo quiere sentirse un instrumento en manos de otro, no pensar en nada sino limitarse a obedecer. Cree que no encontrará placer en el dolor, aunque tampoco puede asegurarlo. ¿Como descubrirlo? No le parece seguro quedar con un desconocido y sabe que, si se lo propone a su marido, el la mirará con ojos desorbitados mientras dirá alguna tontería parecida a “estás volviéndote loca”. ¿Y si prueba con una mujer? Ella contempla su sumisión como algo sexual y comenzar con una mujer no parece la mejor idea: demasiadas novedades juntas. Quizás deba limitarse a seguir conectándose a escondidas a medianoche y fantasear con algo que nunca sucederá. En tu imaginación no sucede nada que tú no desees. ¿Que desea ella? Un amo, claro. ¿Lo va a encontrar en esas páginas? Quizás no sea el mejor lugar donde buscar, pero tampoco se imagina saliendo al mercado a buscar manzanas, medio pollo y un amo.

La mujer apaga el ordenador y vuelve al sofá. Su marido continúa dormitando mientras de su boca sale un sonido parecido a un ventilador estropeado.

Que maravilloso todo… ¿no?

firma john deybe

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Relato: Sara y la bañera

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Sara está tendida en la bañera, sumergida a excepción de la cabeza y las manos. Una sostiene una bebida y la otra un cigarrillo de esos que nunca venderán en los estancos. Su piel, antes tostada y tersa, está comenzando a arrugarse, aunque eso poco puede importarle comparado con el placer que representa el estar sumergida en agua caliente, transportada a otro mundo superior a este, flotando en una realidad sin esos problemas que nos desvelan a medianoche, montados en dragones alados que escupen fuego y destruyen los sueños. Sara es pequeña, delgada y con el pelo corto, su rostro es el resultado de haber mezclado a un ángel con el peor de los demonios y haber usado la batidora durante horas para que no puedas distinguir quien es quien. Hace años que Sara bebió de ese vaso y, aunque su rostro pretenda mostrar el ángel, su corazón esconde al más travieso de los demonios. Sara vuelve a darle una calada al cigarrillo y permite que todo cuanto de alucinógeno encubre, se apodere de sus sentidos. ¿Qué puede importar lo difícil que haya sido el día? Esa bañera es el más positivo de los refugios. Después bebe un trago corto del vaso y cierra los ojos hasta que apenas una línea de luz hay frente a ella. La vida puede ser maravillosa, aunque se empeñe en demostrarnos lo contrario. El agua comienza a enfriarse. ¿Y qué? Eso no va a sacarla de la agradable bruma en la que está instalada. Entonces levanta la cabeza, abre los ojos y ve a otra persona sosteniendo una cámara.

Sara sonríe y la foto sucede.

 

firma john deybe

Lo imposible (relato)

La muchacha observa al hombre quien sonríe a modo de villano de película de videoclub de los 80s, de esos de pelo engominado y bigotillo tan escaso como ridículo. ¿Ese tipo es su amo? ¿Cómo puede haber llegado a tal situación? Ha abandonado su cómodo apartamento (en realidad una habitación alquilada) y ha mentido a su familia diciendo que iba a cenar con unas amigas. ¿Por qué mentir? Nada tiene sentido. Ahora esta en el coche de un desconocido quien acaba de sacarse el pene y le ha ordenado que se la chupe. Una orden que no admite discusión. La muchacha vuelve a mirar al hombre, consciente de que cada segundo que transcurra corre en su contra. Está desobedeciendo una orden por voluntad propia. ¿Y ella se llama sumisa? Finalmente, la muchacha abre la puerta y se baja del coche, cruzando el oscuro descampado a toda velocidad, aferrada a su bolso y rezando para aquel supuesto amo, no salga corriendo tras ella. La muchacha llega a la calle y detiene un taxi. Hace tan solo tres cuartos de hora abandonó el apartamento, dispuesta a convertirse en una sumisa. ¿Y ahora que? Les ha dicho a sus compañeros de piso que iba a cenar así que no puede volver pronto, aunque tampoco le apetece hacer tiempo bebiendo una coca cola en cualquier bar rodeada de otros tipos que la observarán con ojos inquisitorios, con toda seguridad. Se ha vestido con una falda corta y una camisa sin mangas. Es verano y hace un axifisante calor que pega la ropa incómodamente a su cuerpo. Decide parar un taxi y volver a casa, les dirá que se encontraba mal y que ha abandonado la cena antes de comenzar con el primer plato.

¿Se ha vuelto loca? ¿Cómo se le ha ocurrido citarse con un desconocido? Aquel tipo no era amo ni nadie con la mínima experiencia. Tan solo un hombre que quería que alguien se la chupase sin perder el tiempo. ¿Cómo ha podido estar tan ciega durante las semanas en que se intercambiaron correos? No parecía ni el mismo hombre. Ni el mismo amo. Aunque tampoco está segura, ella no es una sumisa. ¿Cómo reconocer a un amo? Ha fantaseado decenas de veces con ser sumisa, cientos. ¿Y si las cosas funcionan realmente así? Aunque chuparle la polla a un desconocido en un decampado no parece la manera de comenzar su camino de sumisión. Quizás es que no haya camino, no para ella.

El taxista le pregunta a donde se dirige, ella le da la dirección sin pensar demasiado, está tan abstraída en sus propios pensamientos que apenas se da cuenta de que el conductor dirige el coche en dirección contraria hacia donde le ha ordenado ir. Algo lógico, por otra parte, pues ninguna sumisa puede ordenarle nada a su amo. Efectivamente: el amo con quien ella contactó es el taxista que acaba de recogerla, aunque la muchacha aun no lo sabe. Pronto lo sabrá. El taxista contactó con otro hombre para que esperase a su sumisa en un descampado y se hiciese pasar por él. Al fin y al cabo, él nunca le envió una foto suya. El taxista la observa por el retrovisor y sonríe.

Su nueva sumisa ha pasado la prueba.

Al cabo de un rato, la mujer le advierte que van en la dirección contraria.

-Ya lo sé, sumisa Yaiza -contesta el taxista sin dar mas explicaciones.

La mujer se hunde en el asiento, incapaz de comprender lo que está sucediendo, sin palabras. ¿Cómo puede saber aquel hombre que ella es sumisa y que su apodo es “Yaiza”? Eso solo lo sabe el hombre con el que contactó, el tipo del descampado que pretendía una mamada fácil y rápida. Entonces comienza a comprender: su amo es el hombre que la conduce hacia un destino desconocido. La sumisa Yaiza hunde sus dedos en sus enmarañados cabellos, intentando inútilmente recolocarlos de manera atractiva. Vuelve a mirar a su amo por el espejo retrovisor. ¿Por qué no? Quizás deba intentarlo. Se siente tan pequeña que es menos aun que lo más insignificante.

Al poco rato llegan hasta una parte de la ciudad que le es conocida. Se trata de la zona alta, lejos de donde ella vive. El taxista, aquel que se supone su amo, estaciona el coche y la invita a bajar. Es un tipo alto y fornido, de cabellos negros y mandíbula cuadrada, lleva unas gruesas gafas de pasta y todo en él parece rudo, aunque su mirada es dulce. La muchacha desciende del coche, temerosa de todo, decidida a continuar lo que diablos signifique aquello porque ahora es incapaz de volver a casa con todas esas preguntas rondándole por la cabeza. El hombre indica con el dedo un cartel luminoso que hay al otro lado de la calle. Parece un bar, entran y se sientan en una mesa. Cuando llega la camarera, la sumisa Yaiza no sabe que pedir. Hubiese preferido que él pidiese por ella, incluso hubiese preferido que la obligase a beber alcohol, pero aquel hombre no está ejerciendo de amo. ¿Un amo decide lo que ha de beber o comer su sumisa? ¿Decide como ha de vestir? ¿Qué puede saber ella? Está tan perdida que busca el camino en los ojos del hombre quien vuelve a sonreír y le explica que lo del descampado era una prueba, tan solo. ¿Qué derecho tiene él a ponerla a prueba? Se pregunta Yaiza, instalándose en la indignación. De acuerdo, ella aceptó ser su sumisa después de varias semanas intercambiándose correos electrónicos. Aunque no le parece lógico lo sucedido. ¿Y si ella le hubiese chupado la polla a aquel desconocido en el convencimiento de que era su amo? El hombre le explica que lo que ha pretendido es descubrir si ella es tan solo buscaba una emoción o realmente es una sumisa. Según su teoría, de ser lo primero, habría aceptado lo que le proponía el desconocido en el descampado. A la muchacha no le convence ese argumento. ¿Qué tipo de amo es alguien que juega de esa manera con quien aspira a ser su sumisa? Prefiere no decir nada, quizás ese sea el camino que ha de seguir.

Se han enviado decenas de correos, han hablado de cientos de cosas, pero ahora son dos desconocidos. El hombre le dice que esta primera noche, en este primer encuentro, no va a suceder nada mas allá de una conversación. ¿Para eso la ha hecho vestirse con falda e ir sin ropa interior? Ella no entiende nada, pero, una vez más, prefiere callar. Quizás en las siguientes palabras de ese desconocido esté la explicación.

Entonces, el hombre comienza a hablar y, en sus palabras, la sumisa Yaiza teje con hablidad algunas respuestas.

-Lo primero que has de saber -comienza el hombre después de propinar un largo trago a su cerveza- es que todo cuanto ha sucedido esta noche es por un propósito en concreto. Estás confundida y eso es normal pues habías imaginado algo que no ha sucedido y ahora desconoces el propósito de esta conversación. Lo único que te voy a pedir hoy es que confíes en mi. Tan solo eso. Comprendo también que lo que ha sucedido en el descampado lo puedas interpretar como una falta de respeto, una traición o un juego infantil. Estás en tu derecho, pero necesito saber que quieres ser quien dices. Para ello voy a hacerte una única pregunta: ¿por qué quieres ser sumisa?

-Aun no lo se -contesta rápidamente ella-, solo se que algo dentro de mi hace que me sienta mas cómoda, mas útil cuando estoy sirviendo. Creo que tiene algo que ver con que soy mejor cuanto mas útil me siento.

-¿Acaso cierto sentido de la inferioridad? -interrumpe él.

-No he dicho eso -contesta Yaiza, ofendida-. Tan solo sucede que me siento mejor cuanto mas útil soy.

-Eso puedo comprenderlo. Pero ser sumisa no es solo sentirse útil. Hay otros papeles de otros colores que envuelven ese sentimiento. También esta el placer, el miedo, incluso el egoísmo. Si simplemente siendo útil te sintieses mejor le hubieses comido la polla a ese tipo en el descampado. Pero no lo hiciste porque necesitas otra cosa que va mas allá de la utilidad.

-No lo hice porque me parecía impersonal, me sentía sucia. Quizás porque no estuviese preparada.

-¿Y si te pido ahora que me comas la polla en los lavabos de este bar?

Yaiza se imagina arrodillada, con la polla de aquel hombre dentro de su boca, dando placer a su amo. Quizás sea precipitado, aunque no es una idea que le disguste. A pesar de que le apetece, sigue sintiéndose sucia.

-Seguiría sintiéndome sucia -dice ella.

-¿Crees que no puedes encontrar placer en sentirte sucia? El problema es que no había ningún tipo de conexión emocional. Por eso lo rechazaste y por eso estamos hablando ahora. Para establecer esa conexión que te convierta en mi sumisa. O a mi me convierta en tu amo. Para que me sirva no basta con que digas que eres mi sumisa sino que debes sentirte mi sumisa.

-En ocasiones dudo de que quiera ser sumisa, a lo mejor es solo ese aburrimiento del que hablas. Quizás debería haberle chupado la polla y volver a casa.

-Puedo volver a llamar a ese tipo, aun estás a tiempo.

-No, gracias -contesta Yaiza, entre sorprendida y temerosa

-Busca un día de la semana que viene en que tengas dos o tres horas libres. Nos volveremos a ver. Y estás loca si crees que voy a darte ninguna otra pista sobre lo que haré contigo. No la necesitas. Hoy simplemente hablaremos, conociéndonos aun más, tan solo eso.

Y diciendo esto, el amo la invita a continuar hablando, olvidando cuanto ha sucedido y obviando cuanto se dispone a suceder.

Amo y sumisa (o al menos así lo imaginan) se encuentran nueve días después, en el bar de un lujoso hotel del centro de la ciudad. Ella ha estado trabajando toda la mañana y llega hambrienta, cansada, nerviosa. El la espera tomando una cerveza. Ella le pregunta si le importa que coma algo. Antes de que él pueda contestar, ella pide un sándwich. El la observa, es toda una mujer, aunque continúa habiendo algo infantil en ella. Su peinado, quizás su ropa, esa actitud entre sumisa y excesivamente agradecida. Es como si a ella le diese miedo defraudar a cualquiera con quien se cruzase. Es una muchacha hermosa, joven, pintada con cierta estudiada ingenuidad. Irresistible. El hombre sabe ahora que lo del descampado nunca habría sucedido porque toda esa ingenuidad esconde una gran inteligencia. Ella sabe porque quiere ser sumisa y haberle chupado la polla a aquel hombre en el coche era lo contrario a lo que ella buscaba. Lo contrario a lo que ella pretendia imaginar.

La noche en que se encontraron hablaron de muchas cosas, ella le había confesado que la imagen que mas le satisfacía era la de una perrita sumisa, arrodillada a los pies de su amo, dispuesta a darle casi todo, especialmente en el ámbito del placer físico. Ella no alcanza a comprender el motivo de ese deseo, quizás motivado por una relación parecida en el pasado que la había hecho descubrirse de esa manera, una relación que finalizó de forma abrupta porque ella necesitaba más. La sumisa Yaiza necesitaba ser usada pero también ser amada (aunque no hubiese amor), necesitaba que la abrazasen y cuidasen de ella. Necesitaba darlo todo para poder recibir algo. Y eso no había sucedido en el pasado.

El hombre, su nuevo amo, lo comprendió rápidamente, dispuesto a darle a ella cuanto deseaba porque ese era el deseo de él.

Y fue es ese mismo hotel, mientras compartían algo de comida y bebida, cuando lo que pudo haber comenzado, acabó.

La sumisa recibe una llamada en su teléfono móvil y al poco de contestar, su rostro se torna en algo parecido a una de esas mascaras griegas que reflejan la tragedia, con la boca toscamente curvada hacia abajo. Ni rastro de la mascara de la comedia que había mostrado. La muchacha debe irse por un problema familiar. La sumisa Yaiza ha desaparecido. El amo se ofrece a llevarla en coche, pero ella niega con la cabeza. Acaba de esconderse dentro de si misma, como un caracol asustado. Y se marcha corriendo, sin terminar su bocadillo, sin decir adiós.

Solo dice “lo siento”.

El amo no volverá a verla. Ella le escribe, días después, contándole el motivo familiar por el que tuvo que salir corriendo. El amo contesta diciendo que esperará cuanto haga falta. Lo dice de forma sincera pues el amo ha adivinado en aquella muchacha todo cuanto ha estado buscando durante todos esos años. Pero sucede que ella desaparece, finalmente. El amo lo intenta, pero no es el momento y es entonces cando desiste, arrojando la toalla lo mas lejos posible.

Las historias no siempre comienzan como imaginamos y alguna de ella acaban como tampoco deseariamos. Son historias que se alejan de cuanto somos o esperamos. Pero la vida es profundamente imperfecta y nuestros deseos se doblegan ante las adversidades. Esta es la historia de un amo y su perrita. Lo que que pudieron ser, pero nunca fueron. Lo que ambos deseaban y la realidad se encargó de separar como agua y aceite.

Como la vida misma.

 

firma john deybe

 

“El ángel azul”, ya a la venta

Escribir, como respirar, dominar o escalar una montaña, es algo aparentemente vital sobre lo que nunca controlaremos todo cuanto deberíamos. Cuando alguien dice que no le ha gustado algo que he escrito, imagino siempre que a otros autores les habrán dicho lo mismo. Al final, como dicen los grandes literatos, debes escribir para ti mismo, independientemente del lector. Si encuentras tu voz interior y expresas cuanto deseas, conectaras con muchos lectores, aunque no con todos. Pretender contentar a todos es tarea imposible.

La novela “El ángel azul” que acabo de publicar es una de esas historias que no contentarán a todos pero que, por todas sus características, es una historia de amor, sexo y algo de BDSM que no dejará indiferente. “El ángel azul” cuenta la historia de un escritor de mediana edad que un día en la playa se queda prendado de una angelical  muchacha vestida con un bikini azul (el ángel azul). Ella es menor de edad (tiene diecisiete años) y eso provoca que desconfíen el uno del otro aunque, irremediablemente se atraigan de una forma en que no consiguirán resistirse. A todo esto hay que sumarle que “El ángel azul” transcurre en un mundo distópico donde los paraguas hablan, el mar se va de paseo y las paredes cambian de colos dependiendo de tu estado de ánimo. ¿Cómo conseguir una historia de amor en un lugar y con unas personas donde todo representa un obstáculo? Ese es el reto al que me he enfrentado: situar una historia “habitual” en un entorno “diferente”. De conseguir la solución tendría una historia de amor (y sexo) auténtica. Y creo que lo he conseguido creando algo divertido, emocionante y con un desarrollo que rompe las normas del género.

Aunque sois vosotros quienes debéis decidir si lo he logrado o no.

 

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Novela “El ángel azul”

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Escribir es, como cualquier arte, es algo subjetivo para quien lo contempla. No obstante, para el creado resulta personal, incluso íntimo. El oficio de escribir no me interesa tanto como el arte que es el escribir en sí mismo (independientemente de si uno publica o no). Disfruto escribiendo porque no me importa si mis historias llegan a quien deberían. Me interesa mas el arte que el oficio de la misma forma que me interesan mas las personas que los roles. Y a pesar de eso, adopto el rol de amo y publico novelas. En ocasiones, para disfrutar de lo que realmente te gusta has de completar todas las casillas del juego.

Mi primera novela titulada “Perversos relatos” era una recopilación de decenas de relatos BDSM que había publicado con éxito en diferentes páginas en Internet. El éxito se mide en número de lectores, claro.

Dentro de unas semanas, saldrá una nueva novela escrita con el seudónimo de John Deybe. Esta segunda novela poco o nada tiene que ver con “Perversos relatos”, ni en el contenido ni el estilo ni aun menos en la construcción. La nueva novela se titula “El ángel azul” y es una historia de emociones y algo de sexo, ambientada en un presente distopico donde los paraguas hablan, los refrescos cantan y una gallina de dos cabezas se convertirá en un despótico tirano que gobernará el futuro… si nuestro enamorado protagonista no consigue evitarlo. ¿Enamorado? Ni el mismo lo sabe, debatiéndose entre el amor y la pasión. “El ángel azul” no es una novela de amor, pero habla sobre el amor imposible entre un escritor de mediana edad y una joven de diecisiete años. Tampoco es una novela erótica pero el sexo es una constante en la historia. Aun menos es una novela surrealista pero el surrealismo impregna todos los capítulos del libro. Como si juntásemos “Lolita” con “La espuma de los días” y le diésemos unas pinceladas de “Regreso al futuro” y cualquier película de los Monty Phyton.

Os podría recomendar que leáis esta novela. Decididlo vosotros pero os aseguro algo: si os metéis en esta historia, no lo lamentareis.

firma john deybe

Escribir, amar, dominar… (Escriure, estimar, dominar…)

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Hace mucho que no escribo en este blog. Cuando abandonamos algo puede ser a causa de un buen motivo o de uno no tan bueno. He abandonado algo este blog por un buen motivo, sin lugar a duda. Y ahora he vuelto para escribir algo. Una pequeña reflexión sin mayor ánimo que llenar los huecos que provocan el silencio.

Uno de los motivos (aunque no el principal) por el que tengo bastante descuidado el blog es porque he estado revisando una (nueva) novela que publicaré con el seudónimo de John Deybe en breve (igual que mi anterior novela “Perversos relatos”). En esta ocasión, la nueva novela, aunque con trazas de BDSM (como si de frutos secos se tratase), trata sobre amor y sexo. O mejor dicho: sobre confundir amor y sexo, sobre utopías y sobre la imaginación.

En cuanto esté publicada, lo anunciaré aquí mismo. Espero que os guste. A pesar de ser una novela que hable mas de amor y sexo que de BDSM. También espero que durante estos meses, el ser dominados o dominar haya sido algo excitante para vosotros. Y si aún no lo habéis probado, armaos de valor y hacedlo.


Fa molt que no escric en aquest bloc. Quan abandonem quelcom pot ser a causa d’un bon motiu o d’un no tan bo. He abandonat una mica aquest blog per un bon motiu, sense cap dubte. I ara he tornat per escriure alguna cosa. Una petita reflexió sense major ànim d’omplir els buits que provoquen el silenci.

Un dels motius (tot i que no el principal) pel que tinc bastant descuidat el bloc és perquè he estat revisant una (nova) novel·la que publicaré aviat amb el pseudònim de John Deybe (igual que la meva anterior novel·la “Perversos relatos“). En aquesta ocasió, la nova novel·la, tot i que amb traces de BDSM (com si es tractés de fruits secs), tracta sobre amor i sexe. O millor dit: sobre confondre amor i sexe, sobre utopies i sobre la imaginació.

Quan estigui publicada, l’anunciaré aquí mateix. Espero que us agradi. Tot i ser una novel·la que parli més d’amor i sexe que de BDSM. També espero que durant aquests mesos, ésser dominats o dominar hagi estat una mica excitant per vosaltres. I si encara no ho heu provat, armeu-vos de valor i feu-ho.

firma john deybe

Cenando (relato)

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Sus rubios cabellos, enroscados en un rizo casi imposible, caen sobre sus hombros. Lleva un hermoso un vestido negro, ceñido y por debajo de la rodilla, de manga y cuello altos. Medias negras. Botas negras. La buscada oscuridad, sumada a la noche, contrasta con su piel blanquecina, con su pelo rubio y sus ojos brillantes. Vuelvo a observarla, sentados en la terraza de un restaurante.

Ha caído la noche y un gato, escondido en la oscuridad del jardín,  maúlla suplicando para que algún bondadoso comensal se apiade de él y le lance un poco de comida. Nadie lo hace porque nadie consigue ver al animal.

Lo que sí pueden ver es la hermosa mujer rubia que está sentada frente a mí. Compartimos una botella de vino, dándonos a probar los platos que hemos pedido. Comiendo, bebiendo, no puedo despegar mi vista de ese ángel recién caído del cielo que, poco antes, habían sido el diablo más perverso y sumiso del mundo. La perversión no es un defecto. O no lo es en el mundo que nos ha tocado compartir. Nunca he visto un ángel tan dispuesto a todo, tan servil, que disfrutase tanto con todo. Es como una de esas esponjas casi resecas que caen a un cubo de agua y comienzan a hincharse, absorbiéndolo todo, vaciando el agua del cubo. Observo su rostro y me sorprendo de que ese ángel, de que ese diablo me pertenezca. Porque resulta que es mía. Su cuerpo, su voluntad también. Aunque en ese momento, en el restaurante, no es mi sumisa sino una mujer a la que me apetece escuchar, me apetece ver sonreír, comer y tocarse el pelo. Somos dos seres que se miran cada mañana en el espejo para adquirir conciencia de que continuamos ahí. Dos personas que encendemos el televisor para encontrar una voz que nos acompañe. Somos dos solitarios destinados a encontrarse porque no sabemos mentir cuando aseguramos que hemos aprendido a estar solos.

Observo a mi alrededor, en las otras mesas hay parejas, también un grupo de cuatro mujeres que parecen profesoras porque hablan de sus alumnos. No somos demasiado en el restaurante, estamos todos en la terraza, junto al jardín, al abrigo de unas estufas que un amable camarero ha colocado en hilera junto a nosotros. Una especie de fuego que nunca acaba de arrancar, centellea a nuestro lado. Observo a mi sumisa y comprendo que todos somos muchas cosas y que ninguna de ellas se ven a simple vista. Si consigues escarbar en la tierra húmeda con tus dedos y beber del manantial que estaba escondido, entonces eres la persona más afortunada del mundo. Aunque no tengas sed.

Aún no he escarbado toda la tierra, no tengo prisa. Observo a mi sumisa, sonreír de forma tímida, y creo que es la mujer más hermosa que he visto antes. Y, además, es mía.

firma john deybe