Puro deseo (relato)

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La observo, sentada ahí en un bonito sofá de cuero, frente a una bonita mesa, conmigo al otro lado. Estamos en el bar de un lujoso hotel. Me parece que, si hay algo realmente dotado de hermosura en aquel lugar, eso es ella, con una mirada que compone desde la vergüenza y el descaro, a partes iguales, el éxito del mejor alquimista. Toda ella es una contradicción entre lo que se ve y lo que oculta. Hay que ser un gran explorador para alcanzar esa otra parte que nadie ve, que ella solo quiere mostrar a quien debe, cuando quiera. Hace semanas que me puse el traje de explorador, en ello estoy, el tesoro que esconde vale la pena. Y aunque no lo encuentre, el proceso resulta enriquecedor.

Está comiendo un sándwich de jamón y queso, acompañado de un café con leche. Yo he pedido una cerveza porque me parece pronto para comer y tarde para desayunar. O, dicho de otra manera: ya he desayunado y aún no tengo hambre. Y, a pesar de eso, me la comía entera a ella, desde los dedos de las manos a esos rizos desordenados. La devoraría con el ansia del depredador hambriento. La observo y sonrío, sin poder olvidar que estamos en un hotel lleno de habitaciones vacías.

Hablamos de todo un poco, conversar con ella resulta reconfortante, no acierto a comprender el motivo, tampoco quiero saberlo, me reconforta su compañía, incluso sus silencios, en especial cuando clava esos ojos en mí. Con ella me siento más amo que nunca, pero también me siento amigo, amante, compañero… su humilde servidor. Saca lo mejor de mí, también saca otra parte que algunos diría que es peor, pero que ella también quiere conocer. Sabe que soy amo, quizás por eso estamos sentados charlando, aunque no solo por eso.

Salimos del hotel, ella tiene que volver al trabajo, cruzamos la calle por donde no debemos y me cuelgo de su brazo, buscando la seguridad que yo debería darle. Sentados en el hotel, ella se ha levantado para ir al baño. Al ir, también al volver, ha colocado su mano en mi hombro, una suave caricia que me ha transmitido lo mismo que cuando ahora cruzo la calle de su brazo: deseo abrazarla, deseo dominarla, deseo entrar en ella, deseo besarla, deseo escucharla, deseo verme reflejado en esos ojos grandes, a todas horas, deseo morderla, deseo cocinar para ella, deseo acariciarla, deseo usarla, deseo hacer de su vida algo mejor y que ella haga de mi vida algo mejor. Siempre debería ser así ¿no? Deseo. Puro deseo. Y a pesar de eso, no tengo la menor de las prisas porque, armado de mis pertrechos de explorador, sé que estoy en el camino correcto y que, tarde o temprano, llegaré.

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