La nadadora (relato breve)

piscina

Cada vez que entro en la piscina soy incapaz de reconocer a nadie, ni tan siquiera podría reconocer mi verdugo, aunque estuviese apuntándome directamente con su arma. Las gafas graduadas, tras las que me escondo del mundo, están ahora en la taquilla y han sido sustituidas por unas ridículas gafitas de natación que apenas permiten vislumbrar algunas sombras. Por suerte, conozco el camino. Aunque cuando entro en la piscina, lo que entiendo como ese desenfocado mundo desaparece ante mis ojos, sustituido por una total distorsión. El agua tampoco ayuda, además. Podría estar nadando junto a un perro que lucha por no morir ahogado y yo continuaría con mis brazadas, imaginando que es otro nadador más, con un estilo de natación descoordinado quizás. Podría acabarse el mundo, desplomándose apocalípticamente el techo sobre mi cabeza y yo continuaría nadando, a no ser que un cascote me golpease en la cabeza. Dentro del agua no veo nada y nada es lo que escucho, con esos tapones encajados en mis oídos escondidos bajo el incómodo gorrito de natación.

Cuando nado, el mundo desaparece, por eso me gusta nadar.

Habitualmente, me cruzo con algunas personas en el vestuario, ocasionalmente les saludo con un movimiento de cabeza. No me gusta hablar con desconocidos, prefiero que continúen en cualquier territorio lejano a mi vida. No obstante, cuando entro en el agua, la misma voz femenina me saluda siempre. Ella dice “Hola” y yo contesto “Hola”. No sé quién es, desconozco su edad y, aunque pudiese ver su rostro, ella lleva también un gorro y unas gafas que distorsionan cualquier rastro de belleza. Lo único que puedo adivinar es que lleva un bañador verde y tiene una bonita figura. Aunque, ¿qué puedo saber yo? Ella solamente vive en mi agradable mundo de silenciosa distorsión, un mundo acuático donde los problemas se olvidan, donde la gente no te molesta con incomodas preguntas, donde el desamor no existe.

No voy a nadar porque deba, tampoco acudo para que la mujer de bañador verde me salude. Nado porque en el agua, casi ciego y casi sordo, sin gravedad ni ropa que aprieta mi cuerpo, soy feliz. Nado porque vuelvo a lo que imagino es ese vientre materno de donde nunca debí salir.

Y entonces, un día, la mujer se acerca a nadando hasta mí y me pregunta cómo me llamo. Rompiendo mi silenciosa fantasía en mil pedazos. Le digo mi nombre y ella me dice el suyo. Después comienza a nadar y yo la sigo, aunque pronto olvido su nombre.

Al salir de la piscina, acostumbro a detenerme en un bar donde compro una botella de agua. Estar todo el mañana sumergido en agua me provoca sed. Menuda contradicción. A esa hora suelen estar las mismas personas consumiendo siempre lo mismo. La rutina de los aburridos: un tipo gordo con la camisa fuera del pantalón que bebe una cerveza, una anciana encorvada sobre un café y una mujer bebiendo un refresco. Nunca hablo con ellos. ¿Para qué? Aunque hoy me fijo en la mujer. Es hermosa, con una belleza peculiar imposible de olvidar, con ese flequillo que le tapa casi media cara, que le otorga una personalidad arrolladora. ¿Por qué no me he dado cuenta antes?

Ella me mira, tampoco me había mirado antes, o al menos en mi mundo yo nunca reparé en ello.

¿Cómo te llamas?“, pregunto.

Y entonces la mujer, sin dejar de sonreír, me dice su nombre. El mismo de la mujer del bañador verde.

Es ella, me digo devolviéndole la sonrisa, forzándome a salir de mi universo.

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